| Gonzalo Munhos |
El pasado 9 de noviembre no fue un día más. Fue aniversario de la caída del muro de Berlín en 1989. Muro palpable pero también dueño de un simbolismo inmenso. El derrumbamiento de la Alemania del Este (República Democrática Alemana, RDA) abrió un proceso de negociación entre las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra y la República Federal Alemana (RFA), dirigida por el canciller Helmut Kohl, que era muy consciente de la oportunidad histórica que se le abría a Alemania. Finalmente el denominado Acuerdo 4+2 (aquellos ganadores más la RFA y la RDA) posibilitó la reunificación de Alemania el 3 de octubre de 1990. Esta reunificación fue más bien una absorción de la antigua Alemania comunista por la RFA a cambio de un compromiso de limitación del poder militar alemán, del no estacionamiento de tropas de la OTAN en el territorio de la antigua RDA y de ayudas económicas; la Alemania reunificada siguió siendo miembro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Alemania sigue siendo la primera potencia europea y la que más contribuye a las arcas de la Unión Europea. Sin embargo no ha logrado repartir bien su riqueza y las desigualdades sociales han aumentado de manera notable en los últimos veinticinco años. |
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